La expresión, adoptada con fuerza por gobiernos y movimientos conservadores, describe una disputa que va más allá de las elecciones: busca influir en los valores, símbolos, relatos y palabras que una sociedad considera normales. Javier Milei la reivindica abiertamente en Argentina y Abelardo de la Espriella la incorporó al discurso de su Gobierno en Colombia.
En los últimos años se ha vuelto frecuente escuchar a dirigentes de derecha y extrema derecha hablar de una “batalla cultural”. La expresión puede sonar abstracta, pero describe algo concreto: la disputa política por definir qué ideas, valores, costumbres y formas de entender la sociedad llegan a convertirse en sentido común.
Desde este enfoque, la política no se limita a ganar elecciones, aprobar leyes o administrar un gobierno. También intenta influir en la manera como una sociedad piensa sobre la familia, la educación, la religión, la historia, la identidad nacional, el género, la seguridad, la migración, el racismo, el feminismo y la diversidad sexual.
¿Qué significa realmente “batalla cultural”?
En términos sencillos, cuando un sector político anuncia que dará una batalla cultural está diciendo: gobernar no es suficiente; también quiere disputar las ideas predominantes.
Por eso, la discusión no se reduce a decidir cuál política educativa debe aplicarse. También pregunta qué se enseña en las instituciones, qué concepto de familia se presenta, cuáles personajes históricos se exaltan, cómo se interpreta el pasado, qué comportamientos se consideran aceptables y qué palabras se utilizan para nombrar a determinados grupos.
- Las escuelas y universidades.
- Los medios de comunicación y las redes sociales.
- Las iglesias y organizaciones comunitarias.
- El cine, la música, los libros y el entretenimiento.
- El lenguaje utilizado por las instituciones públicas.
Todos esos espacios pueden influir en lo que una sociedad considera legítimo, deseable o rechazable.
Milei: gobernar y disputar las ideas.
Javier Milei convirtió la expresión en una parte explícita de su proyecto político. El 4 de diciembre de 2024, durante la Conferencia de Acción Política Conservadora realizada en Buenos Aires, sostuvo que no bastaba con gestionar ni organizarse políticamente y que era necesario “dar la batalla cultural”.
El comunicado oficial de la Presidencia argentina permite observar qué entiende Milei por esa disputa: defender las ideas de libertad promovidas por su movimiento, confrontar al socialismo y combatir lo que denomina la agenda de “lo políticamente correcto”. No es solamente una descripción académica. Es una estrategia declarada para consolidar un proyecto político mediante el gobierno, la organización y la difusión de ideas.
También muestra uno de los rasgos más polémicos de este lenguaje. En aquel discurso, Milei utilizó expresiones fuertemente descalificadoras contra adversarios políticos y manifestó escepticismo frente al consenso. Esto permite preguntar si la batalla cultural amplía el debate democrático o si puede convertir la diferencia en una confrontación permanente.
De la Espriella: la expresión llega al Gobierno colombiano.
En Colombia, Abelardo de la Espriella incorporó la misma expresión a su discurso de posesión. La reseña publicada por RTVE el 8 de agosto de 2026 señaló que el presidente anunció una “batalla cultural” vinculada con la defensa de la familia como eje de la sociedad.
La Silla Vacía también identificó la batalla cultural entre las claves de su primer discurso como presidente. El asunto dejó así de pertenecer solamente al lenguaje de campañas, comentaristas o redes sociales: pasó a formar parte de la orientación declarada de un Gobierno.
Para la ciudadanía, la pregunta decisiva no es únicamente qué significa la expresión en abstracto, sino cómo se traducirá en decisiones verificables: políticas educativas, lenguaje institucional, programas de cultura, protección de derechos, asignación de recursos y relación del Estado con las distintas formas de familia, identidad y pensamiento.
Un ejemplo: la educación sexual.
Una discusión política tradicional podría preguntar qué contenidos debe incluir un programa de educación sexual. Dentro de una batalla cultural aparecen interrogantes más amplios:
- ¿Quién debe definir los contenidos: las familias, la escuela o el Estado?
- ¿Cómo debe hablarse de género?
- ¿Qué concepto de familia debe enseñarse?
- ¿Existe adoctrinamiento o se trata de educación en derechos?
En ese punto ya no se discute únicamente el diseño de una política pública. Se enfrentan concepciones sobre autoridad, libertad, infancia, derechos y sociedad.
La izquierda y los movimientos sociales también disputan la cultura.
Sería equivocado presentar este fenómeno como propiedad exclusiva de la derecha. Los movimientos feministas, antirracistas, sindicales, ambientalistas, afrodescendientes, indígenas y de diversidad sexual también han disputado durante décadas la manera como la sociedad interpreta determinados asuntos.
El derecho de las mujeres al voto, la lucha contra la segregación racial, el reconocimiento de derechos laborales y la defensa de las identidades étnicas requirieron modificar ideas profundamente instaladas. También fueron disputas culturales, aunque sus protagonistas no siempre utilizaran ese nombre.
La particularidad actual es que sectores de derecha han adoptado expresamente el término y lo han convertido en un componente visible de su estrategia política.
Gramsci, la hegemonía y una paradoja.
La discusión suele relacionarse con Antonio Gramsci, pensador marxista italiano. Conviene precisar el vínculo: Gramsci no formuló la actual consigna partidista en los mismos términos. Su aporte central fue el concepto de hegemonía.
Según la Enciclopedia de Filosofía de Stanford, Gramsci empleó la hegemonía para describir un proceso de dirección intelectual y moral. Su análisis planteaba que el poder no se sostiene únicamente mediante la fuerza o las leyes; también necesita construir consentimiento en la sociedad civil.
La paradoja es evidente: movimientos contemporáneos de derecha recurren a una lógica cercana a esa intuición. Si se pretende transformar políticamente una sociedad, primero —o al mismo tiempo— se disputan las ideas que esa sociedad percibe como naturales.
¿Por qué estas discusiones movilizan tanto?
Porque los asuntos culturales tocan directamente la identidad. Una persona puede modificar su opinión sobre una tasa o un procedimiento administrativo. Pero cuando siente que están cuestionando su religión, su familia, su historia o su dignidad, la respuesta suele ser más emocional.
Esa capacidad de movilización explica la fuerza política del concepto. También explica sus riesgos. Una estrategia puede aprovechar las diferencias para construir permanentemente dos bandos: “nosotros” y “ellos”, patriotas y enemigos, tradicionales y progresistas, o la división contraria.
Cuando desaparecen los matices, las personas dejan de ser interlocutoras y comienzan a ser tratadas como amenazas.
El riesgo de convertir todo en una guerra.
Una democracia necesita debates culturales. Es legítimo discutir qué valores quiere proteger una sociedad, qué prácticas debe cambiar y cuáles derechos deben garantizarse.
El problema aparece cuando la palabra “batalla” deja de funcionar como metáfora y convierte al ciudadano que piensa distinto en enemigo; cuando ya no se cuestiona una idea, sino que se deshumaniza a quien la sostiene; cuando toda diferencia se interpreta como una amenaza y las redes sociales premian el insulto por encima del argumento.
En ese punto, la batalla cultural puede deteriorar precisamente aquello que debería proteger una democracia: la posibilidad de convivir y deliberar entre personas que no piensan igual.
Las preguntas que debe hacer la ciudadanía.
Cuando un gobernante anuncia que quiere ganar la batalla cultural, conviene preguntar:
- ¿Qué valores quiere convertir en dominantes?
- ¿Cómo se traducirá esa intención en leyes, presupuestos y programas?
- ¿Qué derechos, instituciones o costumbres pretende modificar?
- ¿Qué considera una amenaza?
- ¿Qué espacio conservarán quienes piensan diferente?
Quizás la última pregunta sea la más importante. Una sociedad democrática no debería aspirar a que todos pensemos igual. Debería garantizar que podamos discutir profundamente nuestras diferencias sin convertirnos en enemigos.
Fuentes consultadas.
- Presidencia de la Nación Argentina. “Javier Milei en la CPAC: ‘Es necesario dar la batalla cultural; estamos ante una oportunidad histórica para cambiar el mundo’”. 4 de diciembre de 2024. Consultar fuente oficial.
- RTVE / Agencias. “De fumigar los campos de coca a la batalla cultural: las claves del discurso de posesión de Abelardo de la Espriella”. 8 de agosto de 2026. Consultar fuente.
- La Silla Vacía. “Claves del primer discurso de Abelardo: seguridad, salud y batalla cultural”. 7 de agosto de 2026, actualizado el 10 de agosto de 2026. Consultar fuente.
- Stanford Encyclopedia of Philosophy. “Antonio Gramsci”. Revisión académica de James Martin. Consultar fuente.
Nota de verificación.
Voces detrás del silencio verificó el uso explícito de la expresión “batalla cultural” por Javier Milei en una publicación oficial de la Presidencia argentina. En el caso de Abelardo de la Espriella, se consultaron dos reseñas periodísticas de su discurso de posesión. El artículo diferencia esas declaraciones de la explicación académica sobre la hegemonía de Antonio Gramsci. Las interpretaciones sobre los posibles efectos políticos de esta estrategia se presentan como análisis y no como hechos consumados.
Imagen destacada: ilustración creada con inteligencia artificial para Voces detrás del silencio. No representa una escena real ni retrata personas identificables.




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